El año pasado Valladolid recordaba a Rosa Chacel en el 30º aniversario de su fallecimiento, y un verano después la Generación del 27 y sus vallisoletanas y vallisoletanos ilustres vuelven a estar de actualidad con el debate en el pleno del Ayuntamiento sobre la importancia y participación de la ciudad en los preparativos de las celebraciones nacionales que se acercan en los próximos meses.
Es Chacel, sin duda, una de las más reconocidas entre las autoras infravaloradas de aquella generación en la que parecía que solo los hombres (Lorca, Alberti, Miguel Hernández, Salinas, Cernuda, etc.) estaban destinados a pasar a la posteridad. Un grupo femenino que afortunadamente hace una década ha alcanzado el lugar que se merece bajo el apelativo de las Sinsombrero.
Valladolid cuenta también con Jorge Guillén en la lista de destacados literatos de la más importante generación artística del siglo XX español, pero hay por lo menos otros dos nombres que casi siempre quedan en el olvido y que forman parte de las Sinsombrero, junto a Remedios Varo, Maruja Mallo y María Zambrano, entre otras. Se trata de las pintoras Margarita Manso, vallisoletana de nacimiento, y Ángeles Santos, que estudió en Valladolid, donde comenzó su brillante carrera artística.
Margarita Manso (Valladolid, 1908- Madrid, 1960) se trasladó muy niña a Madrid, y allí cursó sus estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, por donde años antes había pasado también Rosa Chacel. En aquella emblemática institución conoció a Maruja Mallo, Salvador Dalí y Alfonso Ponce de León, su gran amor y futuro marido. A través de Mallo y Dalí, conectó rápidamente con Federico García Lorca, que se convertiría en su amigo del alma.

Manso, Mallo, Lorca y Dalí fueron precisamente los cuatro a los que la muchedumbre insultó cuando, en plena Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero, algo que estaba mal visto en los años veinte y era sinónimo de falta de respeto y de provocación. Ellos alegaban que el sombrero les congestionaba las ideas, se las encorsetaba.
Con menos de treinta años la guerra le arrancó a su marido y a su mejor amigo, cada uno a manos de un bando, dejando su vida y su obra, que nunca llegó a despegar, en un cruel estado de espera. Sus pinturas más difundidas son “El panteón de hojalata” y “La campesina”.

Ángeles Santos (Portibou, 1911- Madrid, 2013) transitó por varios puntos de la geografía española siguiendo los pasos de los destinos laborales de su padre, que era inspector de aduanas. Este periplo le llevó a Valladolid en los años veinte, ciudad en la que estudió, decidió entregarse a la pintura y se convirtió en la niña prodigio del surrealismo y del expresionismo.
No había cumplido los veinte y ya había firmado sus obras de mayor relevancia, todas ellas nacidas en la capital pucelana: “Tertulia”, “Un mundo” y “Niños y plantas”, incluidas las tres en la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Manso y Santos se suman por méritos propios a Chacel y Guillén como apellidos célebres vinculados a Valladolid de la generación que cambió el rumbo artístico del siglo XX español, aunque su obra fuese impactada de lleno, y de diferentes formas, por el trauma de la guerra.





