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Amelia Tiganus: “Los hombres que pagan por prostitución son nuestros vecinos, amigos, hermanos, parejas, padres”

La escritora y activista rumana pasó por más de cuarenta prostíbulos, explotada sexualmente. Ahora dinamita el debate y señala la complicidad del silencio social con el prostituidor común.

Redacción Valladolid
Redacción Valladolid 15 de septiembre de 2026
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Amelia Tiganus lucha desde el activismo para abolir la prostitución. Foto: Archivo personal
Amelia Tiganus lucha desde el activismo para abolir la prostitución. Foto: Archivo personal
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Conversar con Amelia Tiganus (Galați -Rumanía-, 1984) es asomarse a un abismo incómodo. En una sociedad acostumbrada a consumir debates empaquetados y a desviar la mirada cuando los neones de la carretera o de los pisos parpadean, su voz se alza con la fuerza de quien ha convertido el trauma en una trinchera política

Afincada en España desde hace más de dos décadas, Tiganus es escritora (La revuelta de las putas ya va por la undécima edición), formadora y activista feminista (fundó y dirige el proyecto social Emargi). Superviviente del sistema prostitucional, ha convertido su experiencia no en un lugar en el que permanecer, sino en un punto de partida desde el que desarrollar un amplio trabajo de investigación, formación, prevención e incidencia política frente a la violencia sexual y la explotación sexual de mujeres y niñas.

PREGUNTA. Cuando hablamos de prostitución solemos empezar preguntando por qué una mujer entra. ¿Qué cambia cuando empezamos preguntándonos qué condiciones sociales hacen posible que determinadas mujeres sean prostituidas?

RESPUESTA. Cambia prácticamente todo, porque dejamos de poner bajo sospecha a la mujer y empezamos a mirar el sistema que la rodea. Durante demasiado tiempo nos hemos preguntado qué le pasó a una mujer, qué hizo, por qué entró, por qué no se fue, por qué volvió, cuánto necesitaba el dinero o hasta qué punto eligió. Es una forma de mirar que individualiza un problema profundamente político. En mi caso, la prostitución no empezó el día que entré en un club. Mucho antes había una niña atravesada por violencias, una adolescente que quería escapar y tener una vida mejor, una migración, unas determinadas condiciones económicas y sociales y, después, alguien que supo identificar todo eso y convertirlo en una oportunidad de negocio. Los proxenetas no necesitan fabricar todas nuestras vulnerabilidades: les basta con reconocer dónde nos ha vulnerabilizado previamente el mundo, utilizarlo y rentabilizarlo. Pero falta todavía una parte fundamental de la ecuación: una demanda masculina dispuesta a pagar.

P. Tu captación no empezó con un secuestro, sino con una promesa de futuro. ¿Qué deberíamos entender sobre la trata que todavía no hemos entendido?

R. La trata no necesita empezar con violencia explícita. A veces empieza con algo mucho más difícil de reconocer: una oportunidad, alguien que aparece en el momento adecuado y parece ofrecerte exactamente aquello que necesitas. En mi caso yo tenía 17 años y medio y quería una vida mejor, quería vivir, quería futuro. Y alguien convirtió ese deseo legítimo en una puerta de entrada para explotarme.

P. Todavía escuchamos hablar de “trata de blancas”. ¿Qué revela ese concepto sobre la historia racista y colonial de cómo hemos mirado la explotación sexual de las mujeres?

R. Las palabras importan porque contienen una manera de mirar el mundo. Y «trata de blancas» no es simplemente una expresión antigua o incorrecta: tiene una historia profundamente racista y colonial. El término surge en un contexto histórico en el que empieza a generar alarma social que mujeres europeas y blancas sean captadas y explotadas sexualmente. La propia necesidad de especificar «blancas» nos dice algo muy incómodo: durante siglos, la explotación sexual de mujeres racializadas, esclavizadas, colonizadas o empobrecidas había sido normalizada, tolerada o directamente incorporada a los sistemas de dominación.

P. Una de las grandes discusiones actuales gira alrededor de la «libre elección». ¿Qué significa realmente elegir cuando las alternativas están condicionadas por la pobreza, la violencia, la migración, la necesidad o la desigualdad? ¿Puede el consentimiento convertir cualquier relación sexual en una relación libre?

R. El consentimiento es imprescindible, por supuesto, porque donde no hay consentimiento hay violencia. Pero que exista un sí no significa automáticamente que exista libertad, igualdad ni deseo. Tenemos que mirar las condiciones en las que ese sí se produce. Qué alternativas tenía, qué necesitaba, qué podía perder si decía que no, qué desigualdades atravesaban esa decisión y quién tenía el poder en esa relación. Elegimos dentro de unas condiciones materiales, sociales, económicas y culturales concretas. Una mujer puede consentir un acto sexual porque necesita dinero y, al mismo tiempo, no desear en absoluto ese encuentro sexual. Precisamente por eso existe el pago: para conseguir un acceso sexual que probablemente no existiría en otras condiciones. A mí cada vez me interesa más desplazar la conversación del consentimiento hacia el deseo. No para sustituir uno por otro jurídicamente, sino para hacernos una pregunta ética y política mucho más profunda. ¿Qué modelo de sexualidad queremos construir? Por qué el deseo puede permanecer intacto ante la ausencia de deseo de la otra persona. Qué concepción de la sexualidad, de las mujeres y del propio placer masculino hace eso posible. El Protocolo de Palermo aporta además algo fundamental: cuando se han utilizado medios como el engaño, la coacción, el abuso de poder o el abuso de una situación de vulnerabilidad, el consentimiento de la víctima a la explotación deja de servir como argumento para legitimarla. Un «sí» no borra las relaciones de poder que lo han hecho posible.

Amelia es escritora y educadora, ayuda a mujeres a salir de los círculos de violencia. Foto: Archivo personal
Amelia es escritora y educadora, ayuda a mujeres a salir de los círculos de violencia. Foto: Archivo personal

P. Durante décadas hemos estudiado a las mujeres prostituidas. ¿Por qué sabemos todavía tan poco de los hombres que pagan por prostituirlas?

R. Porque hemos construido la prostitución como si fuera una cuestión de mujeres. Las observadas, clasificadas, diagnosticadas, interrogadas y estudiadas hemos sido nosotras: quiénes somos, de dónde venimos, por qué entramos, por qué permanecemos, qué traumas tenemos, cuánto cobramos, qué consumimos, si consentimos, si sufrimos, si conseguimos salir. Mientras tanto, el hombre que paga aparece y desaparece de la escena como si fuera un elemento secundario, cuando sin él la prostitución no existiría. Detenemos al proxeneta, rescatamos a la víctima y hacemos desaparecer del relato al hombre que sostenía económicamente el negocio. Los hombres que pagan por prostitución son nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos, hermanos, parejas, padres. Los hombres también son socializados. Sus deseos, sus prácticas y sus ideas sobre la sexualidad también se construyen y, por tanto, también pueden transformarse.

P. ¿Qué aprende un hombre sobre la sexualidad cuando descubre que puede pagar para tener acceso sexual a alguien que no lo desea?

R. Creo que aprende algo profundamente peligroso: que su deseo puede ser suficiente. Que para que exista un encuentro sexual no es necesario que haya dos deseos, sino que basta con el suyo. Eso nos obliga a hablar de cómo hemos construido históricamente la sexualidad masculina. Y hoy creo que tenemos que mirar también a la pornografía. Muchos chicos tienen acceso a ella antes de haber construido sus primeras relaciones sexuales y afectivas.

P. En tu libro La revuelta de las putas hablas de los «puteros majos». ¿Quiénes son y por qué esa figura resulta tan importante para comprender la violencia de la prostitución?

R. Cuando salí de la prostitución me encontré con un discurso bastante buenista que me sorprendía mucho: «No todos los puteros son malos, también habrá algunos que las traten bien, hombres respetuosos». Y yo pensaba: a mí me daban asco todos. No porque todos se comportarán de la misma manera, porque evidentemente no era así, sino porque ninguno de ellos era un hombre al que yo deseara sexualmente. Por supuesto que había diferencias entre ellos, pero que un prostituidor sea amable no significa que no esté ejerciendo violencia. También puede ser profundamente violento que te acaricie alguien que no quieres que te toque. Que te bese alguien a quien no deseas.

P. Trabajas actualmente con adolescentes y jóvenes. ¿Qué relación estás observando entre pornografía, construcción del deseo, violencia sexual y prostitución?

R. Creo que tenemos un problema enorme cuando la pornografía se convierte en una de las primeras escuelas de sexualidad de niños y adolescentes. No porque una imagen pornográfica vaya a convertir automáticamente a un chico en un agresor o en un futuro prostituidor, sino porque estamos permitiendo que una industria con intereses económicos participe de manera muy poderosa en la construcción de su imaginario sexual antes incluso de que muchos hayan tenido experiencias propias desde las que contrastarlo. Y lo que me preocupa especialmente es qué aprenden ahí sobre el deseo. En buena parte de la pornografía mainstream el cuerpo de las mujeres aparece disponible, fragmentado y organizado alrededor del placer masculino.

P. La explotación sexual se está transformando con la tecnología. Redes sociales, plataformas digitales, pornografía online e inteligencia artificial están modificando las formas de captación, consumo y explotación. ¿Es la mutación de un sistema antiguo o algo cualitativamente diferente?

R. Estamos ante las dos cosas. Hay una estructura muy antigua que permanece: la desigualdad sexual, la demanda masculina, la posibilidad de convertir los cuerpos y la sexualidad de las mujeres en mercancía y la existencia de terceros que obtienen beneficios económicos de ello. Pero esa estructura ha encontrado en la tecnología unas posibilidades de expansión, normalización y acceso que no tienen precedentes. Cuando yo estuve en prostitución, la industria tenía espacios mucho más delimitados. Había clubes, pisos, calles, anuncios en prensa. Para llegar hasta allí había que atravesar ciertas fronteras físicas y simbólicas. Hoy una parte de esas fronteras ha desaparecido. La industria de la explotación sexual cabe en el teléfono que llevamos en el bolsillo. La entrada en la prostitución puede presentarse como creación de contenido o monetización de tu imagen. También ha cambiado la captación. Un proxeneta ya no necesita necesariamente esperar en una estación, en una discoteca o cruzar físicamente una frontera para localizar a una chica en una situación vulnerable. Las redes sociales permiten observar, contactar, ofrecer oportunidades, detectar vulnerabilidades

El movimiento feminista, cada vez más fuerte en España, ha puesto sobre la mesa el papel del prostituidor, siempre en segundo plano. Foto: Amelia Tiganus
El movimiento feminista, cada vez más fuerte en España, ha puesto sobre la mesa el papel del prostituidor, hasta ahora en segundo plano. Foto: Amelia Tiganus

P. ¿Podemos atender suficientemente a las víctimas mientras seguimos produciendo las condiciones que generan prostitución?

R. La red de atención es absolutamente necesaria. Una mujer que está en prostitución o que intenta salir puede necesitar vivienda, ingresos, regularización administrativa, atención psicológica especializada, asesoramiento jurídico, formación, empleo, protección y, sobre todo, tiempo. Pero creo que tenemos un problema si toda nuestra respuesta política empieza cuando el daño ya se ha producido. Para mí, ahí está una de las grandes diferencias entre una política asistencial y una política verdaderamente abolicionista. El abolicionismo necesita garantizar derechos y alternativas reales para las mujeres, pero no termina ahí. Tiene que intervenir sobre el sistema que produce la prostitución: sobre la demanda masculina, sobre el proxenetismo y quienes se lucran de la explotación sexual, sobre las desigualdades económicas y migratorias, sobre la pornografía y la educación sexual y sobre la captación. También necesitamos prevención. Y para mí eso significa empezar mucho antes del prostíbulo. Significa educación afectivo-sexual, trabajar con niños y adolescentes sobre pornografía, deseo, reciprocidad, igualdad y masculinidad; detectar las nuevas formas de captación; intervenir sobre la violencia sexual en la infancia y adolescencia; y construir horizontes vitales para las niñas. Y necesitamos legislación, no sobre la persona prostituida, sino sobre quienes generan la demanda y quienes obtienen beneficio económico de la explotación sexual ajena.

P. ¿Cómo sería una sociedad que hubiera conseguido abolir realmente la prostitución?

R. No sería simplemente una sociedad sin prostíbulos, sino una sociedad que hubiera transformado profundamente las condiciones que hacen posible la prostitución; una sociedad en la que ninguna mujer tuviera que poner su cuerpo a disposición sexual de un hombre para pagar un alquiler, alimentar a sus hijos, conseguir papeles o escapar de la pobreza. Necesitamos recuperar la ternura como una cuestión también política. Hablo de reconocer que tenemos cuerpos vulnerables, que podemos hacernos daño y que la libertad del otro importa. Una sexualidad verdaderamente libre debería poder contener deseo, placer, juego, intensidad, incluso transgresión, pero también empatía, cuidado y reconocimiento mutuo. Nada de eso está reñido con el placer. Abolir significa también construir: construir igualdad material, educación, vivienda, derechos migratorios, oportunidades, prevención de la violencia sexual, educación afectivo-sexual. Construir una cultura donde los chicos aprendan que el deseo de una mujer no es un obstáculo que tienen que vencer: es una parte imprescindible del encuentro.

J.M.L.

TAGGED: abolición prostitución, amelia tiganus, feminismo abolicionista, prostíbulos, prostitución, putas valladolid, puteros
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