España ostenta una medalla de la que nadie debería estar orgulloso: somos el segundo país del mundo en consumo de prostitución, solo superado por Tailandia. En este escenario, Castilla y León no se queda atrás, con una percepción creciente de ser una de las comunidades con mayor presencia de clubes y pisos donde se ejerce esta forma de violencia. En Valladolid, tras las puertas de esos neones o de casas que pasan desapercibidos para el vecino común, hay historias de mujeres que han quedado atrapadas en un laberinto de exclusión.
Para intentar sacarlas de ahí, Médicos del Mundo despliega una red humana donde la coordinación integral es el corazón de todo: psicología, atención social y orientación laboral y jurídica. Los cuatro perfiles son vitales y están hiperconectados. No se entiende un trámite de papeles sin entender el trauma que hay detrás.
Lo primero de todo es cambiar el paradigma social: nada evolucionará mientras sigan existiendo hombres que consuman prostitución y no comprendan que están cometiendo una violación: porque eso es exactamente lo que están haciendo.
“Hablamos de todos los casos entre nosotros”, explica uno de los abogados de Médicos del Mundo en Castilla y León. Esta coordinación llega a niveles tan humanos como necesarios: antes de presentar una solicitud de residencia que podría ser denegada por un tecnicismo, el abogado consulta con la psicóloga para evaluar si la mujer está preparada emocionalmente para recibir un “no”. Si una denegación administrativa puede hundir un proceso de recuperación psicológica que lleva meses, el equipo decide en común cómo proceder para proteger la seguridad y la salud mental de la persona.
El perfil de la mujer atendida en estos programas es demoledoramente claro: de las últimas 1500 mujeres que han pasado por el programa en la región, la inmensa mayoría son extranjeras, mayoritariamente colombianas, venezolanas o paraguayas, que se encuentran en una situación de indefensión administrativa absoluta. “No siempre hay trata en la prostitución”, recalca el abogado, “pero siempre hay explotación sexual”.
Para Médicos del Mundo, la libre elección no es más que un mito. “Si no tienes una alternativa real, si el sistema de extranjería te empuja a la irregularidad y no tienes permiso de trabajo ni red de apoyo, ¿dónde está la libertad?”, se pregunta el jurista. La falta de papeles se convierte en la cadena más pesada, obligando a estas mujeres a aceptar trabajos en la sombra o a permanecer en el sistema prostitucional para poder sobrevivir, pagar un alquiler en negro o simplemente comer.
El área jurídica de la ONG se enfrenta a diario a un marco legal que muchas veces parece diseñado para no ser utilizado. El Artículo 59 bis de la Ley de Extranjería, que debería proteger a las víctimas de trata, es en la práctica una “quimera”. Exige una denuncia policial y unos requisitos de prueba tan estrictos que muchas mujeres no se atreven a cruzar esa puerta por un riesgo real de represalias contra ellas o sus familias en sus países de origen.
Incluso la vía de las razones humanitarias por enfermedad se vuelve un muro infranqueable. Demostrar que un tratamiento para el VIH o un cáncer no existe en su país de origen es una labor casi imposible que deja a muchas mujeres enfermas en un limbo legal y sanitario, a pesar de que el acceso universal a la salud sea, teóricamente, un derecho en nuestro país.
Del consentimiento al deseo: llamar a las cosas por su nombre
Médicos del Mundo mantiene una posición abolicionista firme: la prostitución es una forma de violencia estructural contra la mujer. En su trabajo diario, han decidido cambiar el foco y también el lenguaje: no hablan de clientes, sino de puteros.
“Donde se tiene que poner el foco es en el deseo”, señalan desde el departamento jurídico. La diferencia entre consentimiento y deseo es la clave para entender por qué una mujer que “accede” a ser prostituida no lo hace por voluntad propia, sino por una voluntad viciada por la necesidad extrema. “¿La mujer que está siendo prostituida está deseando esa relación sexual? No”. Mientras la sociedad siga normalizando que el cuerpo de la mujer esté a libre disposición del deseo masculino por dinero, la violencia seguirá ahí.
La batalla diaria en las calles
La labor de este equipo no se queda en los despachos. A través de las unidades móviles, los profesionales se acercan a los clubes y pisos de Valladolid para ofrecer desde test de VIH y material preventivo hasta esa primera información jurídica que muchas veces es la puerta de entrada para que una mujer empiece a verse de otra manera: no como una “trabajadora”, sino como una persona con derechos que ha sido vulnerada.
En estos tres años de programa, han logrado que entre 10 y 15 mujeres consigan una inserción laboral regular, un proceso que desde la organización definen como extremadamente difícil en una sociedad que a veces cierra las puertas a quien más lo necesita. El camino es muy largo, “por eso el dato de la reinserción laboral, que es el último de muchos pasos, parece poco”. Por ejemplo, “para sobrevivir, acaban consumiendo drogas, y la recuperación cuesta más”. Es un trabajo de hormiga, donde la coordinación humana entre profesionales y el respeto profundo a los tiempos de cada mujer son las únicas herramientas para reconstruir una vida que el sistema ha intentado romper.

