Países Bajos, Año 2001: tras comprobar que el mundo sigue en pie con el cambio de siglo, y que los ordenadores continúan funcionando, nace una banda de Ámsterdam llamada Los Idiotas. Se trata de un trío con volumen descomunal, cantando casi siempre en inglés, herederos de un proyecto de garaje rock que entre 1997 y 1999 se había hecho llamar Los Estuches.
En aquellos años locos a orillas del río Ámstel se corrió la voz igual que se está corriendo ahora, siempre con un halo de misterio. Los neerlandeses no sabían que la pareja que formaba Los Idiotas, inmersa hasta la médula en la aún agitada escena local, era de un lejano lugar denominado Valladolid; y en Valladolid poca gente estaba al tanto de en qué andaban metidos Lissa y Pelayo por aquellos lares.
El espíritu punk de ese inesperado dúo amsterdanés, curtido a base de actuaciones en garitos de diverso pelaje, acabó enamorando a otro viajero accidental: Peter Menchetti, de Slovenly Recordings (Nevada -Estados Unidos-), allá por 2004. Editó sencillos, entonces, y les publica el larga duración, veintiún años después en el principio de la segunda parte de la banda: En las sombras se mueven mucho mejor.
Porque Los Idiotas tocaron regularmente hasta 2013, pero luego se difuminaron en proyectos paralelos y actividades variopintas. Siete un ocho años más tarde, la época pandémica lo revolucionó todo, incluidas sus ganas de volver a juntarse. Lissa (voz, guitarra) y Pelayo (bajo) necesitaban un batería para su planteamiento de trash rocanrol. Rubén Flaco se enteró y fue a por ellos: “Me metí porque era jodido, aunque llevaba diez años sin tocar la batería”. Lo hablaron por primera vez en la sala Cientocero, justo donde tocan este viernes, junto a los burgaleses The Fuzzy For Her, en una doble sesión organizada por Reducto Sónico.
Una de las claves de la magnífica aceptación del LP de Los idiotas es el rotundo estruendo que ha conseguido registrar la banda y que ha logrado potenciar la producción del propio Rubén Flaco, que aparte de aporrear la batería ha ejercido de ingeniero de sonido. El resultado final es fruto de una buena investigación en un montón de discos de los años sesenta. “Había un truco que se llamaba New York Trick, que es darle distorsión y saturación a todo. Engordar todo”, explica Rubén Flaco. “Lo usaban en el rhythm and blues, lo usaba la Motown”.
En las abruptas letras, aunque no se lo propongan, acaban desgranando cosas que aman y que odian, siempre con acidez. Lissa las interpreta al límite, poniendo en juego su garganta, dotando al trabajo de un aroma de angustia, de furia, de rabia contenida. La explicación del vocalista es sincera: “Se estaba muriendo mi padre en la época en la que estábamos grabando el disco”. Las dos horas que se escapaba para los ensayos eran su desahogo y su terapia, eso ha quedado en las canciones para siempre.

El santuario donde se esconden Los Idiotas para ensayar y grabar está situado en una antigua granja de Medina del Campo. Allí levantaron hace un tiempo su estudio, que han ido equipando a conciencia. El terreno era de los abuelos de Pelayo. En una nave de esa granja ensayaba hace décadas el grupo de jotas medinense Tierra Seca. Una de las cantantes, Mari Luz, es precisamente la tía del bajista. Estaban apadrinados por el músico y folclorista Joaquín Díaz. Uno de los micrófonos Shure que usan, de hecho, perteneció a Tierra Seca.
Los cientos de veces que habrán tocado La navaja, Paco, Me llevan a Villanubla o Me vuelvo al pueblo han casi arrasado el recuerdo de las jotas en la antigua granja (es ley de vida), pero dice Pelayo, y lo dice convencido, que sus abuelos seguro que se alegran, allí donde estén, del rutinario caos que genera el trío.
VDL



