Miguel García es un campesino que desarrolla Antenoria, su proyecto agroecológico en el municipio de Paredes de Nava (Palencia), cultivando 80 hectáreas de cereal y leguminosas. Haciendo honor al eslogan de su granja ‘una puerta al futuro con la mirada en el pasado’ se ha sumergido en la recuperación de 21 variedades de trigo palentino perdidas por los intereses de la agroindustria. Una iniciativa que comenzó como una idea romántica, con la búsqueda de la variedad que cultivaba su abuelo, la del rojo basto. Ahora supone un reto para él. “La agricultura convencional está agotada, el campesinado y sus semillas deben recuperar el territorio”, afirma el pequeño agricultor terracampino.
En su apuesta por un modelo para alcanzar la soberanía alimentaria y luchar contra la despoblación del medio rural, Miguel García detecta la necesidad de recuperar variedades de trigo perdidas y que las semillas estén en manos de quienes trabajan la tierra. “Estos trigos antiguos son un patrimonio común, como deberían de ser el resto de las semillas que pertenecen a unas pocas multinacionales”, indica.
Con esta premisa, solicita al banco de germoplasma del Centro de Recursos Fitogenéticos y Agricultura Sostenible una muestra de cada trigo de la provincia de Palencia. En total, 21 variedades autóctonas, entre las cuales trata de encontrar cuál puede ser la del rojo basto que cultivaba su abuelo.
Estos trigos se usaban para hacer pan o para realizar mezclas, unas harinas aportaban la fuerza y otras el aroma o el sabor. Dejaron de producirse porque en las fábricas se utilizan variedades de trigos muy similares donde los granos son homogéneos. La diversidad de formas y durezas de los trigos antiguos obligan a calibrar en cada lote las máquinas. “Hoy en día se realizan procesos muy cortos para hacer panes industriales de manera muy rápida”, explica Miguel.
Cohesión con el territorio
La producción de estos cereales va ligada a la cohesión con el territorio, en opinión del agricultor. Quien considera que debe de estar dirigida a un mercado local, para abastecer a pequeños obradores y generar oportunidades laborales a la gente del mundo rural.
Ante una salida comercial, García argumenta que vivimos momentos donde hay más conciencia sobre nutrición y salud, y, lamentablemente, más problemas digestivos. Sin embargo, revela que los trigos antiguos son más fáciles de digerir porque los niveles de gluten son más bajos. “Los celiacos no pueden tomarlos igualmente, pero las personas que tienen intolerancia al gluten sí”, añade.
Poner en valor el patrimonio genético
Este proyecto le ha servido al agricultor para darse cuenta de la importancia que tiene la biodiversidad. “Estamos perdiendo patrimonio genético al depender de pocas variedades en especies vegetales y animales en pro a la productividad”, opina. Denuncia que el modelo de agricultura convencional, intensiva e industrial impone la semilla y los insumos que tienes que echar a la tierra. “Se acaban sembrando pocas variedades frente a las miles que había antes y que se pierden”, lamenta.
En este sentido, recuerda que las explotaciones convencionales dependen de gran cantidad de fertilizantes y tratamientos para poder tener una buena cosecha. “Cuando a un cultivo le echas aportes de nitrógeno extra, le estás dopando, y es más vulnerable frente las plagas”, afirma. En contraposición a lo que experimenta con sus cultivos ecológicos, “no tengo que echar nada y es la manera natural de que una producción se desarrolle con bajos costes y una rentabilidad mayor”.
“He conseguido sembrar 21 variedades y hay que aprovechar toda esa diversidad genética, no dejaré de cultivarlas”, asegura.
Además, García confía en que las semillas tradicionales tengan poder de adaptación al cambio climático. “La gente mayor dice que estos trigos siempre daban, hubiera sequía o condiciones climáticas adversas”, alega.

Soluciones locales para problemas globales
El sector agrícola se enfrenta al impacto del desarrollo de las energías renovables. Paredes de Nava tiene una superficie cultivable de 14.000 hectáreas. Campos en los que se están instalando cuatro macroproyectos de plantas solares, tres de aerogeneradores y se plantea un centro de datos, con un alto consumo de agua aparejado a su mantenimiento. No obstante, la presión vecinal ha conseguido paralizar la instalación de dos plantas de biogás. “Estas industrias no van a permitir que se cultive la tierra, que se produzcan alimentos y que la gente pueda vivir de la agricultura, nos expulsa del territorio”, se conmueve García.
Ante la falta de instituciones que defiendan los intereses de la agroecología y del campesinado, surge la plataforma Asamblea Campesina en Castilla y León. “Se trata de una organización incipiente, que vela por el sector y que comparte unos principios con respecto al cuidado y a la producción del campo en materia de soberanía alimentaria”, explica Miguel.
El agricultor se confiesa utópico al creer en soluciones locales para problemas globales. “Intentamos demostrarnos a nosotros mismos que la agroecología campesina no solo es sostenible ecológica y económicamente, sino que además es urgentemente necesaria”, asegura.
S.F.L.


