Este jueves 4 de junio la Feria del Libro de Valladolid recibe a una de las autoras más esperadas, la venezolana Karina Sainz Borgo (La hija de la española; El Tercer País; La isla del Doctor Schubert), dispuesta a firmar y defender (ante clubes de lectura) su más reciente novela, Nazarena (Alfaguara, 2026).
Nazarena es una historia familiar, repleta de mujeres, en la que, recalca la creadora, no hay sitio para el realismo mágico ni para la fantasía latinoamericana: habla, entre otras cosas, de salud mental. En Nazarena se acumulan obsesiones, se amplifican sonidos, sabores y visiones, lo cual quiere decir que a veces no te puedes fiar ni de la narradora.
PREGUNTA. Escribir es un acto íntimo, solitario, y de repente una se junta con personas que van a estar hablándole de su propio libro. ¿Eso cómo se lleva?
RESPUESTA. Sí, escribir es un acto íntimo, y leer es un acto de generosidad. Los lectores y las lectoras que, en lugar de elegir a Madame Bovary, de Flaubert, a Maupassant, o a William Faulkner, deciden leer un libro escrito en el tiempo de hoy, me parece que demuestran un acto de generosidad inmenso. Es enriquecedor escuchar y que te pregunten “y esto qué significa”. Para mí, es una de las experiencias más gratificantes, como persona que me dedico a los libros. Los que trabajamos con libros somos fundamentalmente lectores, lo de escritor es un accidente. Hay que trabajar mucho un club de lectura, hay que ponerse en el lugar de los lectores con muchísima seriedad: han dedicado varias horas a la lectura y te van a decir lo que le parece. Es una actividad genuina, honesta y bonita.
P. ¿Entonces has estado en muchos clubes de lectura ya?
R. He estado en muchos y ha sido muy divertido, sobre todo cuando alguien te dice “a mí no me ha gustado”.
P. ¿Te han dicho eso alguna vez?
R. Sí, claro. “¿Y en qué pagina paraste?”, les digo yo. O me dicen que no están de acuerdo con algo. Con La hija de la española me pasaba muchísimo: lectores que pensaban que Adelaida era cruel y la juzgaban moralmente por eso. ¿Y qué harías tú en esa misma circunstancia?, les preguntaba yo.
P. Te echaban la bronca.
R. Me echaban la bronca moralmente por los personajes. Eso es lo divertido del club de lectura: al estar el autor tú le puedes reprochar cosas que son un ejercicio de imaginación. ¿Por qué mataste a este personaje?
P. ¿Alguna vez te ha pasado que los lectores hagan lecturas que tú no tenías en la cabeza sobre una obra?
R. Me ha pasado, me ha pasado en distintas ocasiones, eso es cierto. Lo bello de los clubes de lectura es su desorden. La lectura del otro te desordena, y sales renovado como si te hubieran hecho una transfusión de sangre. Es un privilegio.
P. ¿Y alguna vez los lectores te han dado ideas para las siguientes novelas?
R. Clarísimamente. Un buen lector, una lectora inquieta, son una máquina de pensar. Piensas cosas que normalmente no habías previsto: la antipatía o la filia que genera un personaje. En el caso de Nazarena, algunos personajes me han asombrado muchísimo de lo que han gustado.
P. Es que en Nazarena hay personajes para elegir, una legión de mujeres, un matriarcado en el que se resume prácticamente la vida entera. ¿Cómo se formó este universo femenino?
R. Tengo la sensación de que he sido habitada y criada por un universo femenino muy grande. En mis libros reescribo las historias de las mujeres que me criaron, que atravesaron mi vida. En este caso, Nazarena es el árbol familiar de mi madre. Muy exagerado todo, para convertirlas en tipos literarios. Está muy presente la idea de la enfermedad, de la locura. Yo las terminé de diseñar. Quise convertir estas historias humanas en historias literarias. Nazarena, por ejemplo, es un personaje que existió, una mujer que perdió la cabeza tras perder una hija. Me pareció interesante meterse en sus zapatos y en su piel.

P. Alguna vez has dicho que Nazarena, en un momento dado, pasó de tener 400 páginas a 200. ¿Esto es fácil de hacer? ¿Viste que era necesario para la historia?
R. Mi relación con la escritura es intuitiva. ¿Cómo se aprende a escribir? Leyendo. ¿Cómo se aprende a escribir? Borrando. Siempre se le ha atribuido a Hemingway, creo que apócrifamente, lo del detector de mierda: cuando hay cosas que sobran, hay que quitarlas. Hay que tener la capacidad de arrancar, eliminar. Escribir es un acto extractivo, y esa extracción también pasa por eliminar. Carpintería. Quita, destruye, para que quede lo esencial.
P. En tu faceta de periodista, es muy necesario ese perfil de persona latinoamericana que llega a España con otros ojos, que aporta su visión algo más objetiva, en una época (finales de 2006) en la que estaban pasando cosas muy delicadas. De todos los episodios de esa primera etapa tuya, ¿cuál dirías que fue determinante para cómo está ahora nuestro país?
R. Creo que el procés catalán. Informar, habitar, comprender lo que estaba ocurriendo. Yo recuerdo haber votado por el estatut catalán. Mi padre nació en Cataluña, por lo tanto, mi partida de nacimiento española estaba expedida en Barcelona. A mí me llega, a mi casa de Caracas, una votación para posicionarme en el estatut catalán. No lo comprendo, de pronto me veo convocada a una votación que no me incumbe. He seguido todo el proceso catalán, desde la época de Artur Mas. He llegado a comprender España a través del proceso catalán. Además, cuando yo llegué estaba lo del Plan Ibarretxe también. La conversación sobre las autonomías es de las cosas que más me han marcado en mi forma de entender España.
P. ¿Y con qué ojos miras a tu país, Venezuela, desde aquí?
R. La forma de mirar el país ha ido cambiando dentro de mí misma. Creo que siempre lo miraré con atención y con alerta, con preocupación. La nostalgia te anestesia y no te permite mirar con atención y lucidez lo que ocurre. El enamoramiento te hace creer en monstruos y en fantasías. Creo que la mejor forma de mirar el país, por muy lejos que yo esté, es en alerta, siempre tengo una mirada escéptica, desconfiada. Por eso retrato lo nacional de manera áspera. Esa aspereza intenta que la relación con algo de lo que estoy tan lejos sea honesta. Siempre tengo una mirada escéptica, e intento que sincera.
Víctor David López



