Llevo ya varios días metido en las salas del PUFA y esto no baja el ritmo. Pucela Fantástica sigue a lo suyo, y a lo suyo se le da de maravilla. La organización de ‘No es cine todo lo que reluce’ funciona como un reloj: la app avisa de cada pase, las colas se mueven, y entre proyección y proyección uno se cruza con los homenajes a Paco Plaza, a Guerricaechevarría, a Chicho Ibáñez Serrador, como quien se cruza con viejos conocidos. Ya mediada la semana, empiezan a caer las joyas de verdad. Y las dos últimas noches lo han dejado claro: aquí no se viene solo a pasar miedo, se viene a ver cine hecho con oficio.
Martes 7, Sala 5: el fuego que no se apaga
Entré a Cruel Hands sin saber muy bien qué esperar del debut de Al Kalyk, y salí con el estómago encogido y con la sensación clara de haber visto algo con pulso propio. Lo primero que se nota es la atmósfera: esa granja abandonada, ese aire cargado de humo y ceniza, construye una opresión que no necesita sustos baratos para funcionar. La fotografía respira el incendio forestal como si fuera un personaje más, y el silencio de la sala, ese silencio extraño que se hace cuando nadie quiere perderse el siguiente plano, dice mucho de lo bien montado que está el asfixiante ritmo de la película.
Lo que empieza como drama se va retorciendo con una precisión quirúrgica hacia el thriller psicológico, y ahí está el mérito de Kalyk: no fuerza el giro, la languidez del transcurso del tiempo oprimente. Se nota en las caras de alrededor cómo la tensión va calando cuando la peli empieza a preguntar hasta dónde puede llegar una madre para proteger a su hijo, y hasta dónde esa protección se convierte en otra jaula. Es un ejercicio de dirección con oficio, de esos que confían en el ambiente y en la actuación antes que en el artificio.
La ceniza cayendo en pantalla no es un adorno. Es el pasado y el presente ardiendo a la vez, filmado con una contención que muchas producciones de terror ya ni se plantean.
Miércoles 8: risas negras servidas en bandeja

Al día siguiente, cambio radical de registro, y ahí está también el mérito de una programación que sabe combinar tonos. Buffet Libre, de Zoe Berriatúa, se siente en la sala antes de entenderse del todo: risas nerviosas, algún “no puede ser” en voz baja, y ese ambiente de complicidad que se genera cuando todo el público está pensando lo mismo. El mercado cubierto donde transcurre la acción está construido con un detalle casi costumbrista, y ese contraste entre lo cotidiano y lo macabro es lo que sostiene toda la propuesta.
La premisa ya avisa: una pareja de restauradores, él japonés, ella china, los cuales regentan un puesto en una España que ya es mestiza le pese a quien le pese, sirviendo carne humana a su clientela. Dicho así suena a barbaridad, y lo es, pero Berriatúa se sirve del humor negro para reflejar la crítica social. El ritmo de comedia está medido con precisión, y la puesta en escena (colorida, casi de escaparate) hace que lo grotesco resulte todavía más incómodo.
Nada encaja en una sola casilla, y ese es precisamente el logro: una película que se atreve con el tono más difícil de sostener sin perder nunca el control del ambiente que ha creado.
Lo que queda de festival
El PUFA sigue su calendario, y con lo visto estos días, la maratón final promete. Dos películas, dos atmósferas completamente distintas, y una misma certeza: aquí se está apostando por cine con criterio, no solo por sustos fáciles. Si esto es el ecuador, que alguien avise a los que aún no han sacado entrada: se están perdiendo el mejor tramo.
JML

