La música le llena el alma pero un tratado de apicultura le cambió la vida y le colocó en una tesitura peliaguda: su sueño siempre había sido vivir de la música (lo intentó con Inlogic y con Dinero), y justo cuando lo consiguió (con Morgan) tuvo que tomar la dolorosa decisión de dejarlo.
Y abandonó porque a Alejandro Ovejero, Ove (Madrid, 1981), aquel tratado le hizo adentrarse de lleno en el mundo de las abejas, a través de las cuales inauguró un proyecto vital que ya no tiene pinta de abandonar jamás. Un compromiso laboral relacionado con su vida entre colmenas reclamó todo su tiempo (su banda, Morgan, le decía adiós hace justo cinco años agradeciendo su esfuerzo titánico y apoyándole hasta la muerte, “porque es nuestro hermano”).
Cuando se vio dedicado cien por cien a las abejas, sin embargo, se sintió huérfano de música. “Siempre había dado por hecho que habría música: si no tocas con unos, tocas con otros, o te sale algún bolillo”. Tocó solo para él durante un par de años, y él no está hecho para eso, de modo que no dudó en abrir el viejo baúl de canciones que llevaba guardando desde hacía lustros. Sin el frenesí de las grabaciones y los conciertos se había quedado totalmente desangelado. “Hasta que no pierdes algo, no lo valoras”. Por eso este sábado 7 de febrero, a las 22:00 en el Café Teatro (Valladolid), presenta su primer disco en solitario: Daruma.
Ove se ha ido acostumbrando a los giros de la vida y al fin parece haber encontrado una zona de confort que parte de la apicultura y que empapa su obra. Daruma es un álbum acogedor, delicado, apacible. Sus ciclos ahora son otros. Le ayuda “saber que cada época del año tiene una cosa”, que esto va por temporadas: “En primavera hay más trabajo, en invierno estás más tranquilo”. Dice estar un poco anclado “a los ritmos de la tierra”, y lo agradece: “Me ha venido genial para mi cabeza”. En pleno invierno llega la temporada de actuaciones (tal vez propóleo para la garganta).
El disco arranca con ganas de ser Inmortales y guarda para el final un momento para la reflexión: al tema Enemigos le sucede la canción Amigos, como si ambos conceptos fueran inevitables y necesarios. “No sé si necesitamos a los enemigos”, comenta en una conversación con Social24Horas, “pero nos los creamos”. Admite, con total franqueza, que aunque por suerte ha ido trabajando mentalmente este tema, él en su cabeza ha creado enemigos durante toda su vida. “Tienes enemigos en las personas y en las cosas que te pasan”, como si nada nunca fuera culpa tuya.

Eso respecto a los enemigos irreales. Pero también los hay reales. “Por suerte tengo mala memoria”, celebra. “Siempre he pensado que era algo negativo, pero para algunas cosas es bueno: se me suele olvidar lo malo, y al final siempre tengo un aura de que todo está bien”. Le cuesta identificar un enemigo real en su día a día: “He cambiado mucho mi forma de pensar, en el sentido de que todo depende de como yo me lo tome. El enemigo, o que lo que tú consideres un enemigo, es una cosa que te está enseñando algo”.
Luego se detiene unos segundos, por si acaso se le olvida algo: “Si te vas a la situación que tenemos ahora a nivel mundial, el enemigo más grande que se puede tener”, señala, “son las personas o los entes que hacen que gran parte de la población no podamos vivir a gusto, o vivir en paz, o llegar a final de mes, o tener que escuchar aviones sobrevolando, depende de donde vivas. Ese sería el enemigo número uno”.
Los amigos es algo que tiene mucho más a mano. Ha ido recopilando un buen ramillete a lo largo de su trayectoria musical. La canción de cierre, la que exalta la amistad, rememora precisamente las buenas vibraciones que existían en su primera banda, Inlogic. Son casi cuatro minutos donde brota la morriña, incluidos unos cuantos audios de WhatsApp, que es lo que más usa para no perder la conexión con lo que una vez fue.
Víctor David López




