El hecho de saber que todos, algún día, nos vamos a morir, desapareceremos, dejaremos de existir o, si lo queréis un poco más adornado y metafísico, pasaremos a otro plano de la existencia, es difícil de asumir para cada cualquier persona… No solo por la idea de invulnerabilidad que todos poseemos y que, aunque a veces he de admitir que me repatea, creo que también es necesaria para tener un cierto equilibrio psicológico… Es ley de vida, es algo que va inherente a el propio proceso de fabricación de cualquier ser vivo… Sí, tenemos fecha de caducidad…
Todo esto, aunque complicado de aceptar, es algo con lo que convivimos, es algo que vemos a Diario, bien sea en seres queridos o en el propio entorno cambiante…
Lo que ya cuesta mucho más asumir, y que mi juicio es totalmente una burla de la ley natural, es tratar de invertir, digamos el ciclo normal de la existencia… Creo que casi nadie puede entender que un padre tenga que enterrar a un hijo, a un hijo al que le dieron la vida, a un hijo que criaron con amor y con esa capacidad de crecer y de desarrollarse, como ellos lo habían hecho…
Está claro que esto no solo es caprichoso, sino que contradice todos los preceptos antropológicos posibles… Y eso que yo valoro todas las vidas por igual, pues para mí el valor ontológico de una persona no depende de una edad cronológica que solamente marca un DNI… Pero ciertamente es difícil asimilar que un padre, que te dio la vida, vea como esta vida se extingue antes que la suya propia…
Ese equilibrio del que creemos que está hecho el cosmos y la propia naturaleza, a veces también falla.




