En la capital que nunca muere, en esta época donde todo parece que se va a desmoronar en pocos segundos, literalmente, donde parece que muchos no tienen un rumbo fijo: en muchas ocasiones hay que darse a la aventura para poder conseguir objetivos vitales. Y yo he decidido quedarme en León, y no solo porque es mi tierra, sino también porque cada día veo y aprecio las innumerables posibilidades que nos ofrece.
Es obvio que personas como yo que jugamos en una liga distinta, no apreciamos las cosas del mismo modo. Para el común de los mortales, si una ciudad no tiene ciertos servicios, no ofrece mucho empleo, etc., ya es suficiente motivo para poner tierra de por medio. Sin embargo, personas como yo que no vemos con los ojos, pero sí con el corazón, apreciamos las cosas de otro modo, y cada detalle cuenta.
Este pasado miércoles tuve, como iniciativa de nuestra profesora de la ONCE, una clase de movilidad compartida, es decir, un espacio tipo taller en el cual pude comprobar de primera mano lo bien adaptada que está esta ciudad, la cantidad de encaminamientos que tiene, de accesos a todas partes, de signos táctiles que nos hacen la vida un poco más fácil.
Esto pasa desapercibido para casi todo el mundo, porque entre otras cosas no lo necesitan, pero para gente como nosotros, que tenemos que aprender a ser propioceptivos, todo esto son señales de cuándo una ciudad está a la altura y de cuándo no. Y es probado que León supera con creces esas expectativas.
Solo si te das un paseo por esta gran capital, solo si descubres cada rincón, con todos los sentidos activados, no solo los que conocemos, te das cuenta de que aquí se vibra, aquí se apuesta por la diversidad, y, algo muy importante, aquí una persona como yo, que desde mi nacimiento he tenido que enfrentar batallas y procesos médicos de alta complejidad, puede vivir en plenitud y puede desplazarse como otra más. Y es que, cuando un reino late, el corazón vive.




