Siempre he apostado por la importancia de quererse a uno mismo. Nos han educado con la consigna de que lo bueno nuestro nos lo tienen que decir los demás, y la verdad es que yo creo justo lo contrario. No me parece nada malo reconocer que yo soy talentosa cuando lo soy, o que alguien que es aventurero, es un valiente, porque lo es.
El problema de todo esto, es cuando nuestro ego nos desborda. Sucede que hace escasamente un mes tuve, no sé si decir la suerte o la desgracia (porque yo creo que de todo se puede aprender algo), de acudir a consulta con una psicóloga de esas a las que la profesión les viene demasiado grande. Por supuesto que confío en la psicología, faltaría más, siendo yo psicopedagoga; en lo que no confío tanto es en estos profesionales que aprovechan tu vulnerabilidad para llevarte a su terreno, y que todo lo leen desde el punto de vista sesgado que ellos poseen.
Lo que más me llamó la atención de esta persona fue como criticaba a referentes de la psicología moderna, que desde luego han hecho más historia que ella. De Sigmund Freud decía que era un misógino, cosa normal por cierto, en el siglo XIX (creo que él no fue sido la excepción). De Francine Shapiro, la creadora de la terapia conocida como EMDR, decía que le caía mal. La verdad es que esto último lo apostillaba con tanta seguridad que, de no ser porque me parecía inverosímil, creería que esta mujer se había tomado un café con ella. Caerte mal alguien sin conocerle de nada, y mucho más decirlo, me parece algo bastante superficial y, desde luego, para una psicóloga algo falto de tacto.
Y es eso: el ego tan inflado que tenemos a veces, que nos impide ver más allá de nuestros propios alcances y darnos cuenta de que todas esas personas a las que tanto criticamos no solamente han sido un modelo, sino que han aportado bastante más que nosotros.




