A veces uso ciertas frases hechas que, aunque esto no va mucho conmigo, creo que contienen bastante verdad (al menos algunas de ellas). Concretamente, esa que dice aquello de que la vergüenza hay que tenerla solo para los malos actos. Seguramente a cualquiera le resuena en la cabeza, porque a todos nos la repetían de pequeños cuando nos poníamos más colorados que un tomate maduro, ante la vista de quien nos gustaba, o incluso ahora, cuando vamos a un restaurante y no comemos todo lo que nos apetece por pudor.
Los remordimientos y la comida a veces no son un binomio demasiado adecuado. Según ciertas personas, comer tiene que ser sinónimo de sentirte mal, o de estar remordido. Más de una vez, a mí, que tanto me gusta el dulce, me han dicho aquello de que estoy pecando, o que voy a subir unos kilos. Todo eso ya lo sé, a nadie se le oculta que cuando comes productos azucarados, a menos que hagas un deporte intensivo, tu peso subirá; pero no me siento siento remordimientos por ello.
Como decía una persona muy sabia a la que conocí, no sabemos si en el más allá habrá tarta de la abuela, así que comamos todo en el más acá. Eso sí, soy deportista, y si como alguna vez un donut, o tres o cuatro cupcakes, no me voy a sentir remordida, ni sentiría que estoy pegando: los placeres de la vida son superiores a los kilos que pueda subir mi cuerpo



