Castilla y León vuelve a llorar viendo como dos de sus parajes naturales más emblemáticos, Las Médulas (provincia de León) y la sierra de la Culebra (provincia de Zamora), se desangran en incendios descontrolados que tal vez pudieran haberse atajado mejor en origen, sin poner en riesgo ahora la vida de vecinas, vecinos y bomberos, además de toda la fauna silvestre y la ganadería.
Que los incendios sean habituales en determinadas zonas de la península Ibérica durante el verano no quiere decir que no se pueda pulir el método para paliarlos. Nunca existe el riesgo cero; sin embargo, está más que comprobado que las mismas estrategias generan los mismos resultados. Año tras año es lo que se ve y lo que se siente. Los protocolos actuales no están respondiendo, la inversión no es suficiente y la España vaciada se traduce también en España abandonada, montes incluidos.
Más costosa es, en recursos y en vidas, una extinción a la desesperada que un trabajo de prevención bien planificado durante todo el año. Hay que hacer caso a aquella vieja máxima de los bomberos que dice que los incendios se apagan en invierno. A los ojos de todos está que la falta de previsión y de respuesta es inquietante, y parte de la gestión forestal parece depender del honorable voluntariado vecinal en muchos casos. Lo que se está perdiendo, es parte de la cultura y la historia de la región.
El Parque del Monumento Natural de Las Médulas (comarca de El Bierzo, León), Patrimonio de la Humanidad, fue en sus tiempos la mayor mina a cielo abierto de todo el Imperio Romano. Su escala, el número de vestigios y el grado de conservación del conjunto lo convierten en un ejemplo valiosísimo de la minería antigua. El enclave es producto de los cambios históricos que esa explotación implicó, convirtiéndose en un hito en la historiografía minera que muestra la impresionante tecnología romana y la consiguiente transformación del territorio.
Su importancia radica en su significación histórica, económica, social y ecológica. En Las Médulas es posible comprender sobre el terreno la interacción entre las comunidades humanas y los recursos naturales que explotaron, así como las relaciones sociales en las que esa explotación se desarrolló. Además, estos cambios dieron una nueva articulación al territorio: se crearon nuevas vías de acceso, cauces de agua y cultivos que han pervivido hasta hoy en día.

El otro santuario natural herido de muerte por las llamas, de manera reincidente, es la sierra de la Culebra, que mal se estaba recuperando de los incendios de hace tres años. Rodeada por las comarcas de Aliste, Sanabria, la Carballeda y la portuguesa Tras Os Montes, cuenta con la Peña Mira, con 1.243 metros, como mayor pico. Existen torrenteras y pequeños cursos de agua en los que predominan las características erosivas, con el nacimiento de algunos ríos cuyo máximo desarrollo se alcanza en los valles adyacentes a la sierra, como es el caso del río Aliste.
La riqueza vegetal de la Sierra de la Culebra incluye diferentes modalidades de pino, así como las especies autóctonas de roble, melojo y castaño. Sus bosques ofrecen además lugares excelentes para la práctica del turismo micológico. Los recolectores de setas se encuentran en esta sierra con una amplia variedad de frutos del bosque entre los que destacan múltiples variedades de boletus y amanita caesarea.
En cuanto a la fauna, el lobo ibérico concentra en la reserva regional de la sierra de la Culebra a la población más numerosa de España, lo que le ha dado fama a esta comarca zamorana. En estas mismas tierras se puede divisar ciervos, jabalíes, corzos, zorros, nutrias, gatos monteses y tejones.

La organización no gubernamental WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza, en inglés World Wildlife Fund for Nature) exige acción urgente y decisiva en la prevención de incendios forestales como estos que, agravados por los efectos negativos de la crisis climática, son cada vez más difíciles de apagar.
Para tal efecto, WWF propone una batería de medidas. 1) Dado que la extinción no basta (incluso con los mejores medios hay fuegos que no se pueden apagar), la clave está en reducir el riesgo antes de que empiece el incendio. 2) Paisajes menos inflamables: Recuperar usos tradicionales, favorecer mosaicos de cultivos, pastos y bosques, y romper la continuidad del combustible. 3) Atajar el abandono rural: Un territorio sin actividad es un territorio que acumula combustible. Recuperar ganadería extensiva y gestión forestal es prevención.
La ONG propone también: 4) Integrar el riesgo en la planificación: Urbanismo, infraestructuras y ordenación territorial deben considerar el riesgo de incendio extremo. 5) Priorizar zonas críticas: Identificar Zonas de Alto Riesgo de Incendio (ZARI) y concentrar allí los esfuerzos preventivos. 6) Adaptar el bosque al clima del futuro: Diversificar especies, reducir densidades y acelerar la madurez de los bosques para que sean más resistentes a sequías y calor extremo. 7) Prevención social: Combatir las causas humanas de los incendios con educación, sensibilización y sanciones ejemplares.




