En el último cuarto del siglo XIX, Quintín Muelas Carrión dejó Peñaflor de Hornija y se instaló 26 kilómetros más al sur, en Tordesillas. El movimiento cambió el destino de la biografía familiar: en el centro de esta ilustre localidad vallisoletana compró una casa y una bodega. Aquel giro vital, que requirió tiempo (como tiempo requiere el vino), sigue brillando hoy en día: la saga ya va por la quinta generación.
Tres jóvenes están al frente de las operaciones produciendo ediciones limitadas de botellas de vino, dentro de la denominación de origen Rueda. Dos de ellas son las hermanas Muelas, tataranietas del fundador. Helena está en la parte técnica (acaba de ser galardonada con el premio Enóloga Joven del Año en los Rueda Awards) y Reyes se ocupa más de comunicación, marketing y enoturismo.
“Trabajamos bajo la roca, con las condiciones que eso aporta”, explica Reyes Muelas: “Nos aísla completamente de todo lo que hay fuera, y es una forma muy sostenible de elaborar vino, ya que no tenemos que reproducir lo que el vino necesita para fermentación o para conservación a largo plazo, sobre todo”. La bodega subterránea posee tres niveles, fue excavada hace siglos y está situada a trece metros de profundidad.

La tercera pata del actual proyecto es Félix Blanco, que se encarga de las labores en las viñas y en la bodega. Cuando Social24Horas charló con él se sucedían las borrascas y las jornadas de lluvia: “La semana que viene espero estar podando”. Dentro del ciclo que es su trabajo, era lo que entonces le tocaba. Entre el agua y la preparación de alguna feria alimentaria llevaba un mes sin poder entrar al campo, y eso le irritaba.
No obstante, hay tareas que requieren las seis manos: por ejemplo, embotellar. Ahí no se salva casi nadie, arriman el hombro todos tal y como hicieron sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos y el tatarabuelo. No es casualidad que el más emblemático de sus vinos (Osluga) se elabore en la misma solana donde lo trabajaba Quintín Muelas, y de manera idéntica. Un vino precioso y centenario que se desarrolla como se hacía hace un siglo.
Los tiempos han cambiado mucho desde que el tatarabuelo Quintín puso en marcha su sueño. “En aquella época, en la tienda vendían de todo”, cuenta Reyes: “Chocolate, especias, tabaco; tenían licencia hasta para explosivos. Y, por supuesto, sus vinos de licor, sus vinos generosos”. Actualmente, se conservan las instalaciones tradicionales, a las que se han ido añadiendo, en la parte superior, la zona de recepcionado de uva, prensado, despalillado y equipamiento variado de acero inoxidable. Todo ello para gestionar ocho hectáreas de viñedo en propiedad: cinco de ellas de Tempranillo y tres de Verdejo.
Crianza, paciencia y guarda natural son las claves de este astuto proyecto que ha viajado de siglo en siglo, siempre en buenas manos, educando y formando a los más jóvenes de la familia para que mantuvieran el mismo cariño por las labores que tenían todos sus antecesores. Un cariño y una pasión, que, de paso, ayudan a agitar la cultura gastronómica en Tordesillas y alrededores.





