Sujeta entre las manos un ejemplar de El Francotirarock, Un cómico que madruga y trasnocha (Ediciones Oberon, 2025) y tiene una mañana de miércoles aparentemente tranquila, aunque le falta hacer los deberes de mañana. Álex Clavero (Valladolid, 1981) acaba de terminar su función diaria en el programa radiofónico El Pirata y su Banda. No se imaginaba esto hace unos años cuando un mensaje en plena luna de miel le cambió la vida: él de pequeño escuchaba con devoción Emisión Pirata, y ahora, mira tú por dónde, trabaja codo con codo con Juan Pablo Ordúñez, una de las figuras clave en la difusión del rock en España.
Social24Horas conversa con el humorista vallisoletano en los estudios de RockFM, junto al Parque de El Retiro y la Puerta de Alcalá. Viste para la ocasión una camiseta de Extremoduro (“He conocido a Robe” es precisamente uno de los monólogos que se van intercalando entre las peripecias personales que narra en su libro, un compendio de 33 capítulos repleto de referencias musicales): tiene que elegir bien la indumentaria porque ahora cada intervención genera automáticamente un vídeo subido a redes sociales, por eso lo de “Clavero, te veo mucho por la radio”.
PREGUNTA. El folio en blanco es el miedo más habitual en toda escritora, en todo escritor. Hablas de ello en uno de los primeros capítulos del libro. ¿Te has tenido que enfrentar a ello muchas veces?
RESPUESTA. El miedo es que no arrancas. Ahora con El Francotirarock sí que es verdad que para mañana tienes que tener la tarea. Arrancar hay que arrancar. Esto es como lo de las musas. Dicen a mí las musas me vienen por la noche, o por la mañana. Mis musas están en ERE. O sea, no hay musas: soy un obrero como cualquier otro que tiene su horario y tiene que hacer su tarea. Te tiene que salir. A veces será bueno y a veces será malo. El folio en blanco lo he roto por la necesidad. Hay que llevar la tarea, me da igual. Y hay veces que voy sabiendo que es mala la historia, pero es que no se me ha ocurrido nada mejor y ya no le puedo meter más horas.
P. Cuentas que es bueno ir probando las bromas, para ver si funcionan o no, pero claro, si tienes que escribir de un día para otro esa parte de revisión y prueba no existe.
R. Es diferente. Fíjate que a mí lo del folio en blanco me pasa más en el show en directo, ahí sí que tiene que ser premium premium lo que cuento, tiene que ser muy bueno, al menos yo lo veo así. Entonces, claro, ahí sí que dices joder de qué tema hablo, necesito un tema que sea novedoso, que sea original, que aporte algo, hacer una crítica social. Me gusta hablar de cosas costumbristas, pero no solo del aspirador este que va dando vueltas por el suelo, o la freidora de aire, ya, sí, sí, pero hay que ir más allá. Que sirva para algo el monólogo. Ahí sí que hay folio en blanco: ¿con qué tema nos metemos? Y a veces eliges un tema buenísimo y no sale comedia buena. Eso siempre va a estar allí, el creer que ya no puedes crear, o tener dificultades para crear siempre va a estar ahí.
P. ¿Cómo sabes tú si la broma va a sacar una sonrisita o va a sacar una carcajada? Los shows necesitan carcajadas continuas. ¿Se sabe mientras lo vas escribiendo en el papel?
R. Se va haciendo músculo. Afinas el criterio. Son ya más de mil seiscientos monólogos, vas afinando. Con mis compañeros, ya sé qué les hace más gracia y qué les hace menos. Hay veces que estás escribiendo y de repente paras y dices “¡buah, qué hallazgo!”; y otras veces que dices “no, esto es flojo”, pero bueno, hay que acumular tres de estas a ver si hacen una buena. Vas haciendo músculo en la profesión como en cualquier otra. Y a veces lo tiro. Cojo a mi mujer o a cualquier otra persona y se lo suelto a ver cuál es la reacción.
P. La tienes que tener fritar a tu mujer con esto. Todos los días a la misma hora llega Álex con dos o tres bromas a ver qué pasa.
R. No se separa de mí porque es un jaleo a estas alturas [se ríe], con dos niños pequeños, pero yo creo que tiene que estar hasta las narices.
P. El tema de los límites del humor siempre se saca a colación, pero es interesante tu versión en uno de los capítulos. ¿Te has arrepentido de alguna broma o de algún chiste que hayas hecho porque has herido a alguien a quien no querías herir?
R. No, yo no me he metido en ningún lío, que yo sea consciente. Creo que de todos los temas se puede hablar. En el libro digo que al humor no hay que ponerle límites, hay que ponerle sentido, que es lo que yo intento: tener sentido del humor y sentido común. ¿Se puede hacer un chiste en un tanatorio? Por supuesto, y a veces es hasta necesario. Pero tienes que saber elegir el momento, la persona, la situación. ¿Tú para qué haces eso? Para mejorar la situación. ¿La has mejorado? No, tronco…
P. Eso de hacerlo para mejorar la situación, ¿es una condición tuya y de tu humor?
R. Yo me considero una herramienta para entretenerte, para alegrarte un poco. No mucho más. Te lo digo de verdad. La misión de mi humor es que te mejore a ti, que te haga pasar un rato mejor, que te vacíes de reír. La vida seguirá, yo ahí ya no puedo hacer más, pero si te he podido cambiar un poco el ánimo…
P. Históricamente aquí en España hemos tenido ejemplos de humor blanco buenísimo, tipo Faemino y Cansado o Eugenio; y luego hemos tenido ejemplos de humor basado casi en el bullying, de mariquitas, de gangosos. Hay diferentes escuelas. ¿A ti te gustaban todas? ¿Tenías alguno favorito?
R. El humor es el reflejo de la sociedad que hay. Los chistes de mariquitas y de gangosos existieron porque ese bullying estaba generalizado y normalizado, por desgracia. Por gracia, todo esto ha evolucionado. Respeto es la palabra que tiene que estar por encima de todo, pero, claro, el humor también tiene que ser irreverente. Siempre digo que yo no estoy para dar clases ni dogmas de fe, lo mío es la broma; y también digo siempre que una víctima tiene que haber. El portugués, el francés, el inglés. Intento ser yo la víctima muchas veces para demostrar que no pasa nada, que era un chiste. Un chiste, no propaganda. Alguien tiene que ser la víctima: mi mujer, mi hija, mi hijo, yo, la gente de Valladolid, los españoles. De fondo siempre hay una víctima, no hay que ofenderse con absolutamente todo, chicos, es un chiste, joder.
P. Dices en el libro que llegas a escribir tres o cuatro horas por día.
R. De hecho, me estás jodiendo la jornada de trabajo hoy.
P. A ese ritmo, entonces, el libro no te habrá costado nada.
R. Me ha costado, me ha costado, porque nunca había escrito en formato largo. Ahí bajando en el ordenador, ¿esto ya lo he contado o no lo he contado? ¿me estoy repitiendo o no? Que esté bien escrito gramaticalmente. Pero lo que era complicado era llamar la atención, que no fuera solo un libro de monólogos. Es la historia de un chaval de pueblo que llega a trabajar de cómico en medios de comunicación. Cómico, una profesión que no existe. ¿Qué título tiene usted? Titulitis aquí no hay.
P. Ni título ni epígrafe.
R. Funambulistas y toreros. [Ahora ya por fin hay un epígrafe de la Seguridad Social que dice “Artistas”].
P. Un cómico que madruga y trasnocha. La carrera de cómico parece cansada, y encima con shows los fines de semana.
R. Sí, es una vida intensita, y yo como soy intensito también… pues bueno.
P. ¿Comprendes que compañeros como Leo Harlem ya hayan decidido retirarse de los escenarios?
R. Le comprendo mucho y me fijo mucho, en los mayores sobre todo. Me fijo mucho en las vidas de la gente, cómo han ido capeando ciertas cosas, a ver si se me queda algo y me sirve para algo. Yo tengo dos niños pequeños y las cosas no le vienen a uno cuando quiere, y menos en esta profesión que es tan alternativa: te llaman para cuarenta proyectos y luego no te llaman para ninguno. Tienes que saber vivir con los cuarenta proyectos y con ninguno, sin olvidar a tus hijos, que en mi caso es lo principal. Esto quedas de puta madre diciéndolo pero luego la realidad es que viene un proyecto gordo e intentas meterlo. ¿Cómo lo vas a dejar pasar? La frase del tren pasa solo una vez. Coño una vez, ¡ni que viviera en Extremadura! ¡Qué agobio lo del tren, macho! No quiero vivir con ese agobio pero es verdad que de repente te deja de sonar el teléfono. El camino hasta aquí ha sido duro. Ha habido muchas salas vacías.
P. ¿Y ante una sala vacía qué se hace?
R. Es que una sala vacía era lo normal. Lo normal era no tener gente. Era el día a día. A mí, que me estoy haciendo experto en sacar cosas buenas entre lo malo, me llevó a hablar tan rápido y a tener confianza ante la adversidad total. Yo no era un buen cómico, pero soy orgulloso y peleón, así que después me ponía a escribir y a ensayar, y el siguiente bolo salía un poquito mejor.
P. Lo bueno es que había muchos bolos para ir subiendo nota.
R. Tuve tantos que conseguí alcanzar al menos un cinco. A mí el silencio me come, así que cuando no había casi nadie lo que hacía era tener muchísimo material en la cabeza, aprendido, para soltar y soltar. A veces los cuatro que había se reían e ibas tirando, o les dabas pena. Dar pena siempre ayuda. Había sitios donde tú no estabas ni anunciado. Recuerdo a unos tipos en una barra, con su cubatilla un viernes, y yo subirme a una tarima con un micro, quitar la música, dar las buenas noches, y uno de la barra girarse hacia el dueño y decirle “¡pero no me jodas que hay esta mierda hoy también, nos vas a joder la copa de los viernes!”. Tenías tres minutos para convencer a esa gente de que merecía la pena que giraran la silla y te miraran.
Víctor David López




