A finales de los años sesenta, Jacinto Molina (Madrid, 1934-2009) puso patas arriba el cine español, como actor, como guionista, como director y también como productor. Se hizo llamar Paul Naschy, para recorrer el mundo, y nos habló de hombres lobo, de vampiros, sí, pero también de otros asuntos en los que pocos entraban y él se atrevió. Nunca se cansó de remar y, sin embargo, siempre le quedó la duda de si todo eso estaba dejando alguna huella.
Uno de los premios honoríficos de la segunda edición del PUFA (Pucela Fantástica), Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Valladolid, ha reconocido su figura, a título póstumo, en un homenaje que ha incluido la proyección en el auditorio Fundos (Fuente Dorada) del documental Call me Paul (Llámame Paul), dirigido por Víctor Matellano.
Sergio Molina (Madrid, 1975), productor audiovisual, es uno de los hijos de Jacinto y de Elvira Primavera (el otro hijo es Bruno), y recogió el premio honorífico en memoria de su padre. Participó también en la presentación y coloquio posterior de la sesión del documental. “Era increíble ver trabajar a mi padre, era un autodidacta”, ha afirmado en una conversación con Social24Horas. “Él hizo todo el meritoriaje, tenía el cartel del Sindicato del Cine y mucho conocimiento del oficio, pero dirigiendo era muy intuitivo. Sus mejores películas, bajo mi punto de vista, son las que dirigió él, y son poco conocidas: Inquisición, El huerto del francés y El caminante”. En la plataforma FlixOlé se pueden ver estas y otras muchas (La marca del hombre lobo, El carnaval de las bestias, La noche de Walpurgis, etc).
La cinta proyectada en el festival PUFA, que repasa la trayectoria cinematográfica del pionero del género, cuenta con una narración en off extraída de las autobiografías de Naschy. Como detalle familiar, entre numerosos fragmentos de películas va y viene la presencia de un niño, que en cierto modo le representa, en un papel interpretado por Iván Molina, hijo de Sergio y nieto de Jacinto.
El más ferviente admirador de iconos del séptimo arte como Boris Karloff, Béla Lugosi y Lon Chaney se empeñó en instaurar el género fantástico en España cuando no tocaba, cuando la gente estaba a otras cosas, primero con censores que aún revisaban los truculentos guiones que escribía, y luego en el salto entre el final de la dictadura franquista y el comienzo de la transición.
El resumen perfecto de esta locura lo deja la actriz británica Caroline Munro, que ya había rodado en nuestra geografía y que conoció la sierra de Madrid y el currículum de Jacinto Molina cuando protagonizó El aullido del diablo en 1987. Lo de liderar el género, según ella, era “una idea inédita en el país de la sangría y de la paella”.
Fue precisamente El aullido del diablo la última gran obra que Naschy dirigió, la que cerraba el círculo y la que le exponía delante del espejo como autocrítica o autohomenaje. En la escena de la discusión con su sobrino en la ficción (interpretado por Sergio Molina, su hijo en la vida real), el personaje que interpreta Naschy carga contra el cine que hacía su hermano: “Voy a quitar esta basura. Tu padre era un mal actor, y sus películas, bodrios”. Cuando el sobrino le provoca diciendo que tenía envidia de su padre, Naschy responde: “Tu padre se dedicó a un subgénero, se pasó la vida haciendo películas de miedo, pura bazofia. En cuanto se quitaba el maquillaje, no era nadie, un extra distinguido, como mucho. La crítica siempre le destrozó”.
¿Y cómo era Naschy cuando se quitaba el maquillaje y volvía a ser Jacinto? “Con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de lo buen padre que fue”, asegura su hijo. “Siempre nos quiso inculcar el amor por el cine. Era una persona supercercana, muy pendiente de nosotros, de nuestros estudios y nuestras cosas. No dormía en un ataúd, como me han preguntado mil veces”.

Uno de los datos mostrados en el documental ayuda a contextualizar la labor de Paul Naschy en el cine español. De 1971 a 1980 se produjeron en España un total de 1.100 largometrajes, incluidas las coproducciones, de las que unos 200 títulos forman parte del género fantástico en todas sus derivaciones (terror, ciencia ficción o fantasía pura). En cincuenta de estos trabajos está la huella de Naschy: ya sea como actor, guionista o director. Sus aportaciones a nuestra cinematografía tenían éxito en España y se vendían bien al exterior. Se trató de un auténtico boom, también en el aspecto económico.
Entre sus compañeros del mundo del cine, Paul Naschy era querido, reconocido y admirado, lo cual nunca dejó de sorprenderle y abrumarle. Alucinó el día en que el director Basilio Martín Patino (con quien había trabajado en Octavia) tuvo el detalle de traerle desde Nueva York un álbum completo de cromos de Frankenstein y el hombre lobo, la película que le fascinó de pequeño y que dio paso a toda una vida entregada al cine fantástico. Lo guardó para siempre, y siguió dudando de sí mismo.
“Mi padre, como buen artista, era también muy depresivo, todo le parecía que estaba mal, le costaba entender que lo que había hecho tenía una repercusión y había funcionado”, cuenta Sergio Molina. “Poco antes de morir, en el hospital, me dijo que no sabía si todos esos años de esfuerzo y lucha habían merecido la pena”. Parece mentira, pero su hijo tuvo que ir explicándole poco a poco que sí, que todo había merecido mucho la pena. Le iba enseñando, en el móvil, lo que contaban de él ahí afuera.
Víctor David López




