Un verano de perros cualquiera (ya casi lo es, a juzgar por los termómetros) puedes volver a encontrarte cara a cara con los Flying Rebollos, una de las mejores bandas de la Euskadi de los años noventa. Los de Portugalete (margen izquierda de la ría de Bilbao) se aburrieron tras dos discos que crearon escuela, y se fueron con la música a otra parte; pero la vida siempre ofrece, al menos, una segunda oportunidad.
El embrión de todo fue un grupo llamado Los Narcóticos. “Estábamos Txus Alday y yo, y había otros dos componentes, guitarrista y bajista, que fallecieron”, recuerda Edorta Aróstegui, líder de la banda, en conversación con Social24Horas. La mutación a The Flying Rebollos llegó al nacer la última década del siglo XX. La alineación original se acerca mucho a la actual: “La primera maqueta la grabamos con la formación que ahora mismo está, a excepción del batería y el bajista. Y los dos discos los grabamos con la misma formación que hay ahora, menos por el Polako (batera de aquella época): hoy está Koki Chamorro”.
El acceso a sus referentes no era entonces tan inmediato como lo es ahora. Los ídolos estaban lejos, aunque de vez en cuando pasaban por Bilbao mitos como Dr. Feelwood, o uno podía desplazarse hasta San Sebastián y ver en Anoeta a ilustres como Jethro Tull, The Kinks, los Ramones o The Clash. “Eran buenas noches para morir esas”, dice Edorta.
La escena de Euskadi siempre ha sido envidiable y difícil de imaginar en otras regiones del Estado español. Edorta lo valora al contextualizar aquel ecosistema en el que se desarrolló la fugaz carrera de The Flying Rebollos: “Hay un factor que tiene su peso, aunque nosotros no estábamos enfilados en esa onda, que es el circuito de gaztetxes —centros sociales autogestionados, okupados— que se dio en los años ochenta y noventa: facilitaron el acceso a los escenarios a un montón de bandas, independientemente de que hiciesen rock radical vasco, o, como en era nuestro caso, rocanrol”.
Consiguieron autogestionar toda una ola de expresiones culturales subterráneas y minoritarias. “La gente lo acogía y lo aceptaba de puta madre”, explica Edorta. “Se daba espacio a gente de muy diversas tendencias musicales”. Esa escena fue coetánea de la movida madrileña, casi al mismo tiempo, solo que esta movida vasca no estaba promovida por el Ayuntamiento. Esta venía de abajo, de lo social.
“Más tarde”, reconoce el cantante y compositor, “se institucionalizó todo eso”. A esas alturas, ellos ya estaban “acostumbrados a tocar en tugurios, en garitos que con la mejor voluntad la gente apañaba”. No había presupuesto, los equipos eran bastante precarios, era todo muy punk: “El háztelo tú mismo”. Lo malo es que la aventura no duró mucho (¿quizá por eso mismo?).
Por eso esta segunda oportunidad de subirse al escenario, de tocar, grabar (Iosune y Ernesto es adelanto de lo nuevo que se viene), se la merecen los miembros de la banda (la completan Gorka Bringas, Xabier Goikoetxea y Mario Larrinaga), y se la merece el público: el que esperaba la buena nueva y el que los está conociendo ahora. Por ejemplo, los que se acerquen al Aldea Rock este fin de semana en la localidad de Aldea de San Miguel. “Estos lugares son muy resistentes, aprecian el rocanrol, se entregan mucho”, comenta Aróstegui sobre los municipios de la denominada España vaciada. ”Para la gente joven de las ciudades el rocanrol no está en boga, hay otro tipo de cosas que son más generales, pero en los pueblos y en las ciudades pequeñas hay reductos de gente a la que le gusta el rock y lo agradece, están más receptivos”.
El Aldea Rock ha programado un viernes (29 de mayo) con The Flying Rebollos, Elise Frank (Francia) y Sincorazón, y un sábado (30 de mayo) con Basement Saints (Suiza), The Stripp (Australia) y Murdock.
Este verano de perros no acaba nunca, y mira, cuando parecía que se habían quedado a medias, cuando nadie se lo esperaba, van y el año pasado coinciden los Flying Rebollos, en uno de estos escenarios que tiene la suerte de recibirlos en esta reencarnación, con otro mito como Iggy Pop (festival RockLand, en La Rioja). Son las mismas ganas de hacer rock, que no se pasan (y ahora los ídolos están más cerca). “Tenía el camerino al lado del nuestro, pero él no pasó por el camerino”, cuenta Edorta. “Hizo un bolo, el hijoputa, de quedarte flipado. Fue bestial. Sonó como un tiro, con una banda increíble, y él estuvo a muerte”.



